Durante muchos siglos, los pintores Europeos fueron vistos por la sociedad de sus respectivas épocas como una especie de "fotógrafos", con una función práctica establecida. Eran útiles para representar imágenes bíblicas, escenas de batallas importantes; para retratar a reyes, las actividades de la nobleza y al clero. De hecho, durante muchos siglos, aquello que se consideraba importante de la pintura era que ésta tenía la capacidad de representar, sin que la pintura en sí misma tuviera mucha importancia. No fue sino hasta el renacimiento, con el inicio de la conciencia artística que surgió conforme dejó de ser el arte exclusivamente anónimo, que los artistas comenzaron a determinar por sí mismos los temas de sus pinturas. A pesar de este cambio, la pintura siguió siendo apreciada sólo en cuanto a su capacidad de producir mimesis y de transmitir ideas, por lo que seguía en cierta forma siendo un súbdito de la literatura o filosofía. Seguía sin ser reconocido su valor como pintura en sí y como arte por derecho propio, independiente de la narrativa.

Rafael di Sanzio, La escuela de Atenas, 1510-1512, 500 x 770 cm.
Fue hasta el principio de la época moderna, después de la revolución francesa, donde junto con la pérdida de poder de la aristocracia, el crecimiento de la clase burguesa, la revolución industrial y el flujo de bienes materiales y culturales importados desde las colonias a Europa, que la mentalidad generalizada sobre lo que la pintura debía hacer y ser comenzó a cambiar, de la mano de un nuevo grupo de pintores que hoy en día son conocidos por el nombre de "los impresionistas". Ellos se preocupaban más por el color, la luz, el movimiento, la forma, y todo aquello que la pintura y la visión podían lograr, que por el mensaje que la narrativa conllevaba. Un ejemplo de ello serían las catedrales de Monet, las cuales pese a retratar una catedral, no tratan de la catedral ni de lo que en ella ocurre, sino de la luz, el color, la pintura y el observar y sentir en sí.

Claude Monet, de la serie La Catedral de Rouen, 1890.
Durante la primera mitad del siglo XX, en el período del arte conocido como arte moderno, hubo un teórico que hizo a muchos voltear a ver a la pintura con otros ojos, por ser capaz de poner en palabras lo que grandes artistas de otras épocas ya nos habían hecho ver a través de sus cuadros. Este crítico fue Clement Greenberg, el teórico que alimentaría con su pensamiento el movimiento expresionista abstracto.

Laocoonte y sus hijos, una de las esculturas más famosas de la antigüedad desde su descubrimiento en Roma en 1506. Este grupo de personas ha sido en el arte occidental el prototipo icónico de la agonía humana.
Clement Greenberg, en su texto Rumbo a un nuevo Laocoonte, nos sugiere una nueva forma de pensar la pintura. Titulado en relación a la famosa escultura de Laocoonte, misma que durante muchos siglos -y particularmente durante el renacimiento y épocas posteriores- sería el canon e ideal artístico al cual debería aspirar el arte, este texto nos sugiere que el arte, y en especial la pintura, necesitan un nuevo canon, una nueva forma de pensarse; hace falta un "ideal" congruente con el contexto moderno y con las nuevas formas de expresión artística que surgieron gracias al impresionismo, a la revolución industrial y a la posterior producción en masa, la televisión, el capitalismo, socialismo, primera guerra mundial, etcétera. Se necesita una nueva forma de pensar y producir arte, capaz de expresar la condición humana de nuestro tiempo y nuestra era, sin que ésta se obligue a sólo reproducir estándares antiguos.
Clement Greenberg solía decir que, independientemente de cual fuera nuestro estándar actual de arte, estamos obligados a reanalizarlo y repensarlo acorde a nuestro contexto; consideraba que el principal problema en relación al estándar antiguo del arte, y en particular el de la pintura, era el siguiente: