Curiosamente, el maestro de Manet no creía que su alumno fuera bueno para nada más que para dibujar caricaturas. Con todo, Manet siguió bajo la tutela de Couture por casi 6 años, de los cuales pasó muchas horas copiando grabados y pinturas en el Museo del Louvre. Entre los trabajos que copió se incluían trabajos de Diego Velázquez, uno de sus favoritos, y Giulio Romano.
Édouard Manet había sido intoxicado por el arte de siglos previos y en repetidas ocasiones realizó visitas a Florencia, Venecia, Roma, Amsterdam, Viena y Praga, haciendo bocetos en sus iglesias y museos. Viajó tres veces a Italia para copiar, entre otras obras maestras, los frescos de Rafael que se encuentran en los cuartos del Vaticano. También copió de Tiziano La Venus de Avino en Florencia. Inspirado por estos viajes planeó cuadros con personajes bíblicos y deidades mitológicas, entre los que se encontraban Moisés, Venus y la heroína griega Dánae: justamente el tipo de obras comisionadas por la academia de Bellas Artes.

Édouard Manet, The Dead Christ with Angels (Cristo muerto con ángeles), óleo sobre tela, 179.4 x 149.9 cm, 1864.
No sería hasta que Édouard Manet cumpliera 27 años que se decidió a lanzar su carrera como artista, exponiendo por primer vez en el salón de pintura del palacio de los Campos Elíseos. Este salón era un lugar un tanto extraño para que los artistas exhibieran su obra, porque sus funciones principales en realidad eran las de albergar competencias ecuestres y ferias de agricultura. Pese a lo extraño del lugar en que se llevaba a cabo, el salón era una de los eventos más atractivos de Europa en cuanto a la cantidad de gente que atraía. Abierto al público desde la primera semana de mayo y hasta alrededor de 6 semanas después, el salón albergaba miles de trabajos seleccionados por un comité especializado.
Para el primer salón en que Manet decidió participar, envió un cuadro conocido como El bebedor de Absenta, basado en un hombre que había conocido en el museo de Louvre. Lo extraño era que la pintura de Manet no retrataba a un conocedor de arte, sino a un borracho que vagaba por el museo. Sin duda, el tema distaba mucho del gusto generalizado de la época. Sin embargo, no fue lo más escandaloso de la misma, puesto que lo que realmente llamó la atención fue la manera en que estaba pintada la obra. Si la pintura de Meissonier -el pintor más famoso de la época- era delicada, detallista y representante de todos los ideales del gran arte de la época, a su lado la pintura de Édouard Manet era sumamente tosca. De brochazos gruesos y empastados, suprimiendo todos los detalles menores, su obra se acercaba de manera bastante más abstracta a la representación.
El jurado del salón de dicho año rechazó su pintura, la cual no sólo era distinta en ideología a la pintura dominante de la época, sino que parecía celebrar un estilo de vida como el que Baudelaire festejaba en su compilación de poemas Las flores del mal. Este estilo de vida, por mucho, no era la manifestación de buen gusto que muchos esperaban ver en el arte.

Édouard Manet, Le Buveur d'absinthe (El bebedor de Absenta), 180.5 x 105.6 cm, h. 1859.
Tras la respuesta a su primera participación, Édouard Manet envió dos cuadros para el siguiente salón de pintura, en 1861. Ambos con temas mucho menos controversiales, aunque técnicamente aún más distantes de los cánones de la época: la pintura El cantante español y un retrato de su padre y madre. Mientras que el retrato de sus padres recibía malas críticas de los expertos, el retrato del cantante español, que estaba inspirado en una pintura de Velázquez, atrapó la mirada del crítico más importante de la época. Este crítico, amigo y admirador de Meissonier, era Théophile Gautier, conocido por fumar hookah y por vestir sombreros de ala ancha y capas dramáticas.
Gautier se había ganado, como crítico, el respeto del público. Él era admirador, amigo y defensor de rebeldes como Victor Hugo, Delacroix y Baudelaire, tanto que Las flores del mal fue dedicado a él cuando fue publicado. Poeta y novelista por su propio derecho, Gautier se había vuelto, en las palabras de un colega crítico de la época, el escritor con mayor autoridad en el campo de la crítica artística. Una palabra favorable suya podía hacer o deshacer la carrera de un pintor. Como resultado, el extravagante crítico era bombardeado diariamente con cartas de artistas solicitando críticas.
"¡Caramba!" escribió Gautier en Le Moniteur Universel, el periódico oficial del gobierno francés, tras ver El cantante español de Manet. "Hay una gran cantidad de talento en esta figura de cuerpo completo que fue pintada libremente en colores puros y con un pincel atrevido". Gracias a dicho comentario, el cuadro de Manet fue reposicionado en la exposición para otorgarle un mejor acceso y éste se volvió profundamente popular con las personas que visitaban el salón de pintura. La circunstancia incluso le ganó a Manet un reconocimiento oficial: una mención honorífica. Pero quizá lo más gratificante de todo fue la recepción que los artistas jóvenes tuvieron ante sus pinceladas vigorosas, su contraste certero y su aire de rebeldía frente a las convenciones de la época. El cuadro había sido pintado de una forma tan nueva y extraña, que llamó la atención de muchos de sus artistas contemporáneos.
Aún cuando Manet no había vendido en su vida ni una sola pintura, a la edad de 29 años había irrumpido con considerable estruendo en la escena artística.