La obra más conocida del Bosco, El jardín de las delicias, es de suma importancia para la historia del arte, pero lo es aún más para los movimientos pictóricos en cuestión -tanto surrealismo como arte visionario. La interpretación del Bosco de los tres mundos del cristianismo, paraíso, mundo terrenal e infierno, aunque se basa en las narraciones bíblicas, requirió una gran cantidad de imaginación por parte del artista.
Como ya hemos mencionado en otros textos, durante muchos siglos ser pintor no sólo implicaba saber representar objetos, saber de composición y de color, sino que también requería saber de hermenéutica. Un buen pintor debía dominar una gran cantidad de símbolos, que le servían para comunicar mensajes por medio de sus pinturas. En el arte antiguo, estos símbolos no siempre existían y era el papel del artista inventarlos o descubrirlos.
La tarea más compleja que un artista surrealista, expresionista abstracto o visionario debe abordar, es la complejidad que implica representar o transmitir por medio de la pintura emociones, ideas, conceptos, sueños y visiones, de tal forma que estos sean perceptibles. En muchas ocasiones, el representar una emoción o un sueño aparenta ser virtualmente imposible, puesto que pueden componerse de elementos que van más allá de lo que una pintura permite realizar. Es en este punto donde la tarea del artista se vuelve realmente significativa; puesto que el pintor no puede sólo limitarse a imitar la realidad, debe crear un lenguaje que le permita transmitir aquello que lo mueve.

Nicolái Roerich, Madonna Laboris, temple sobre tela, 84 x 124cm, 1931.
La creación de un lenguaje
Los símbolos, signos y arquetipos son sustanciales para la transmisión de ideas y experiencias. El gran artista surrealista Rene Magritte hizo amplio uso de estos para transmitir sus pensamientos. Sin embargo, fue la forma en que los insertó dentro de la composición y narrativa de sus cuadros la que produjo una lectura más interesante. A través de la recontextualización y descontextualización de objetos y circunstancias, Magritte jugaba con nuestra percepción; pero también nos llevaba de esta forma más allá de lo que habitualmente percibimos, haciéndonos con pensar y explorar, tanto nuestro inconsciente, como lo que damos por hecho del mundo. Su uso de metáforas, no obstante, no habría tenido el impacto necesario de no ser por el buen dominio que tenía de su medio: la pintura.

Rene Magritte, El imperio de las luces, óleo sobre tela, 195.4 x 131.2 cm, 1953-54.
Así como el símbolo es muy importante para la transmisión de una idea, en pintura es igual de importante nuestro uso del color y nuestro medio. Una experiencia mística debe transmitir misticismo, que no siempre puede ser exclusivamente reducido a un símbolo -a menos que aquel que observa el símbolo tenga una experiencia significativa propia a partir de la cual imbuirlo de significado. Es en este punto que el dominio del color y la pintura se vuelve casi indispensable para el pintor interesado en la pintura surrealista o el arte visionario. Producir una experiencia mística u onírica convincente sobre un lienzo es una tarea distinta a la de simplemente imaginarla o experimentarla.