Pigmentos naturales y su evolución en el arte japonés
Desde tiempos antiguos, los artistas japoneses han utilizado pigmentos japoneses naturales derivados de minerales, plantas y animales. Estos pigmentos japoneses fueron fundamentales para las primeras formas de arte, como la pintura sobre pergamino, las decoraciones en cerámica y los textiles. Un pigmento esencial es el negro carbón, producido a partir de la combustión de madera o huesos. Este pigmento negro era ampliamente utilizado en la caligrafía y las ilustraciones de los manuscritos budistas. Los pigmentos japoneses negros obtenidos de fuentes vegetales y minerales también se usaban para crear tintas y pinturas resistentes al agua.
Otro pigmento clave es el shinsha (rojo de cinabrio), extraído del mineral cinabrio. Este pigmento rojo vibrante fue utilizado en la pintura mural de los templos y en la creación de esculturas religiosas. Su intensidad y durabilidad lo hicieron popular entre los artistas para representar figuras divinas y escenas mitológicas. El uso del cinabrio no se limitaba a Japón; este mineral también era valorado en la China antigua, donde se utilizaba en la medicina y el arte.
El gunjou (azul ultramarino), derivado del lapislázuli importado de Afganistán, se convirtió en un símbolo de riqueza y estatus, utilizado principalmente en la decoración de objetos de valor y obras de arte de la corte imperial. La rareza y el costo del lapislázuli hicieron que el azul ultramarino fuera un pigmento reservado para obras importantes y detalles destacados en pinturas y manuscritos. El azul ultramarino también tenía connotaciones espirituales, asociado con el cielo y lo divino.
Los pigmentos japoneses vegetales también jugaron un papel crucial. El ai (azul índigo), obtenido de la planta de índigo, era fundamental en la tintorería textil. La técnica del aizome (teñido con índigo) se perfeccionó en el período Heian (794-1185), donde los textiles teñidos con este pigmento eran altamente valorados. El índigo no solo proporcionaba un color hermoso y duradero, sino que también tenía propiedades antibacterianas y repelentes de insectos, lo que lo hacía ideal para la ropa.
Utagawa Kunisada (Toyokuni III)
(Japan, 1786-1865)El beni (rojo carmín), derivado de los pétalos de la flor de cártamo, se utilizaba en la cosmética y la pintura. El color rojo era símbolo de belleza y pureza, a menudo empleado en la decoración de objetos y vestimentas ceremoniales. El cártamo se cultivaba ampliamente en Japón, y su uso no se limitaba al pigmento; también se utilizaba en la alimentación y la medicina tradicional.
Durante el período Nara (710-794), la influencia de la cultura china trajo nuevos pigmentos japoneses y técnicas a Japón. El shu (bermellón), un pigmento rojo brillante, se introdujo desde China y se utilizó en la decoración de templos y santuarios. El bermellón, derivado del cinabrio, tenía una fuerte presencia simbólica, representando la vida y la energía. Su uso en la arquitectura religiosa subrayaba su importancia en las prácticas espirituales.
Jo no Mai (序の舞), por Uemura Shōen (1936)En el período Heian, los colores y pigmentos japoneses se volvieron más sofisticados, reflejando la cultura refinada de la corte imperial. Los artistas de esta época desarrollaron una paleta rica y variada, utilizando pigmentos japoneses minerales y vegetales para crear obras de arte que capturaban la elegancia y la sutileza de la vida cortesana. Los rollos ilustrados, conocidos como emaki, eran una forma popular de arte que combinaba imágenes y texto. Los emaki utilizaban una variedad de pigmentos japoneses, incluyendo el verde malaquita, el rojo cinabrio y el azul ultramarino, para crear escenas detalladas de la vida cotidiana y los relatos históricos.
Técnicas de producción y aplicación de pigmentos japoneses
La producción de pigmentos japoneses en Japón no solo dependía de la obtención de materiales naturales, sino también de técnicas específicas de procesamiento y aplicación. Durante el período Heian, los pigmentos japoneses se preparaban con gran cuidado. El negro de carbón se obtenía quemando madera en ausencia de oxígeno para producir carbón puro, que luego se mezclaba con aglutinantes naturales como la goma arábiga para crear tinta líquida. Esta tinta se utilizaba no solo en la caligrafía, sino también en la pintura de paisajes y figuras.
El shinsha, por su parte, requería un proceso de extracción y purificación del cinabrio. Los minerales se trituraban y lavaban repetidamente para obtener un polvo fino y brillante. Este pigmento se mezclaba con cola de piel o cola de pescado para su aplicación en superficies sólidas como madera y yeso. Las técnicas de fresco, donde los pigmentos japoneses se aplicaban sobre yeso húmedo, permitían la creación de murales duraderos en templos y santuarios. Los murales en el templo de Hōryū-ji son un ejemplo notable del uso de pigmentos japoneses minerales en la decoración religiosa.